
La iglesia del Monasterio se encontraba abarrotada de fieles. | PABLO SEGURA
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Decenas de personas abarrotan el templo consagrado por Jesús Sanz
HUESCA.- Decenas de personas acompañaron ayer a las clarisas en la reapertura de la iglesia de su Monasterio, luego de año y medio de reformas. El solemne acto fue presidido por el arzobispo de Oviedo, que regresaba si quiera por unas horas a una de las diócesis que administra y que pastoreó hasta el pasado 29 de enero. Fray Jesús Sanz consagró la renovada iglesia y en la homilía anunció que va a decretar que en la misma haya adoración perpetua a la Eucaristía, con una organización que hará compatible la vida de clausura de las clarisas con el acceso de los fieles al templo. La iglesia se encontraba llena casi media hora antes del inicio del oficio. No pocas personas tuvieron que permanecer en el atrio durante la Misa, que fue concelebrada por, entre otros, el vicario general, Nicolás López, parte de la curia diocesana, el padre franciscano asistente de las clarisas en Aragón, Cataluña y Baleres o los salesianos que asisten como capellanes a las monjas. En su homilía, el arzobispo aseguró que el de ayer fue un día alegre para él porque suponía un regreso a casa. Monseñor Sanz Montes recordó las gestiones que acometió para garantizar la pervivencia del convento, fundado hace 800 años y con presencia de clarisas sólo interrumpida en los años posteriores a la desamortización de 1835. Fue al Monasterio de Santa Clara -rememoró- la primera visita tras su consagración episcopal en Huesca, tal y como le recomendó su vicario de entonces, el recordado Agustín Catón. Entonces, dijo, las tres sores que habitaban el convento le rogaron que gestionara la llegada de monjas jóvenes. Reunió en Huesca -explicó- a cinco abadesas de otros tantos Monasterios de clarisas y al final de una jornada de oración y reflexión, la comunidad de Lavern, en Barcelona, accedió a trasladar- se a Huesca. Desde hace dos años y medio, sor Patrocinio, sor Concepción y sor Inés tienen un grupo de "hermanas-nietas", dijo el obispo. Fray Jesús Sanz dedicó la última parte de su homilía a subrayar el valor que la Iglesia da a la vida contemplativa: "No es un grupo de personas que se ha fugado de un mundo que no entienden", dijo, sino que "viven de manera radical el silencio y la soledad". "No un silencio mudo -agregó- sino paradójicamente elocuente" y una soledad que "no es aislamiento" porque ambos valores permiten escuchar a Dios.
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