
Ismael Navarro, en el camino de la Cresta de Salenques. | S.E.
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El montañero Ismael Navarro logró desenterrarse por sí mismo de un alud
HUESCA.- Quedó sepultado por un alud y fue capaz de desenterrarse de
la nieve por sí mismo. El montañero ansotano Ismael Navarro fue protagonista
de una de esas experiencias que marcan la vida de una persona y que jamás se
olvidan. En su caso, se puede decir que aquel día volvió a nacer. Fue
a principios del año 2003 y por aquel entonces Navarro tenía 31 años
y era un asiduo de la montaña. Decidió subir andando al Mallo de Acherito
por Linza y, cuando estaba a una hora de alcanzar la cima, en unas laderas bastante
empinadas, fue arrastrado a lo largo de unos 60 ó 70 metros por una pequeña
avalancha de nieve polvo hasta que lo detuvo en el fondo de un valle.
Cuando paró, le alcanzó el resto de nieve que le seguía, que acabó
sepultándolo. "Se acumuló encima de mí y me tapó. Estaba
medio sentado y me intenté levantar empujando la nieve y no pude porque aunque
era nieve polvo, se hizo una capa homogénea y uniforme y tenía mucha fuerza.
No me movía ni un centímetro y me vi sentenciado", explica Navarro.
Posteriormente se dio cuenta de que el brazo derecho se le había quedado levantado
y, por lo tanto, se encontraba más próximo a la superficie, lo que supuso
un giro radical a su desesperada situación.
"Empecé a mover la mano, a abrir camino hacia la muñeca y a ir moviendo
el codo. En el momento en el que pude mover el brazo ya se me empezó a pasar
el mal trago", relata. Después logró destaparse la cara, sacarla a
la superficie y "pude ver que había posibilidades de salir de ahí"
y recuperó la calma. Su trabajo no acabó ahí porque después
tuvo que desenterrar el resto de su cuerpo, lo que le llevó en torno a una
hora y media. "Estaba cogido por todos los sitios", indica.
En medio de la desgracia, hubo también lugar para la buena suerte. Quedar sepultado
con el brazo levantado fue determinante al igual que la postura en la que fue enterrado.
"Si al caer, en lugar de estar sentado me coge la nieve boca abajo ya no me
puedo mover de ahí". También pudo respirar por debajo de la nieve
y soltar la dragonera del piolet que llevaba en ese momento en la mano derecha para
dejarla libre y poder desenterrarse.
Otro factor que jugó a su favor fue el material que portaba ya que ese día
había unos diez grados bajo cero. "Aunque salí frío del agujero,
no me quedé congelado". También llevaba en el bolsillo del pecho una
barrita energética que en cuanto pudo llegar a ella comió para poder continuar
excavando en la nieve. Navarro destaca además que el alud no fuera de grandes
dimensiones. "La mano derecha se me quedó a unos diez centímetros
por debajo de la nieve, lo que no fue suficiente masa para no permitirme moverla".
ESGUINCE EN UN TOBILLO
Pero su odisea no finalizó tras salir de la nieve. En ese momento se dio cuenta
de que la caída le había originado un esguince en un tobillo. "Tuve
que bajar como pude y llegué bastante de noche al refugio de Linza. Cada movimiento
era un latigazo". El alud le sepultaría sobre las once de la mañana.
Esta mala experiencia, de todas formas, no hizo que le cogiera miedo al monte aunque
sí aprendió la lección. "Salí dos días después
de que hubiera nevado y fue una imprudencia porque la nieve estaba sin transformar",
reconoce y hace una recomendación: "Si sabes que acaba de nevar, no salgas
al monte".
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